Lorca como símbolo |
30/09/2008 |
Si el ex diputado cedista Ramón Ruiz Alonso no se hubiese dejado llevar por el odio, quizá aquel 16 de agosto de 1936 no se habría dedicado a buscar por toda Granada, como un perro rabioso, a Federico García Lorca. Quizá habría evitado que su compinche, el falangista Juan Luis Trescastro, le hubiese metido al poeta, según sus palabras, "dos tiros en el culo, por maricón". Quizá, de haber logrado abstraerse de la marea de vesania que anegaba España, habría salvado el pellejo del autor de Yerma, y del viejo profesor Dióscoro Galindo, que murió con él en Fuente Grande, y de los dos banderilleros anarquistas que sufrieron el mismo destino. Si Ramón Ruiz Alonso no se hubiese recreado y recrecido en el olor de la sangre, quizá, en vez de morirse en la absurda Las Vegas, adonde acabó huyendo tras la muerte de Franco, habría dejado este mundo rodeado de los suyos, en una Granada más alegre y esperanzada, y con tiempo para haber saboreado los éxitos de sus hijas actrices Emma Penella, Terele Pávez y Elisa Montés. De no haberle goteado el colmillo con aquel poeta "que había hecho más daño con su pluma que otros con su pistola", quizá habría podido vivir la experiencia de verlas interpretando alguna de las obras que Lorca, por su culpa, nunca pudo escribir, acaso una tragedia sobre la Guerra Civil que evocase el asesinato de un poeta, de un viejo profesor rojo y de dos banderilleros anarquistas en una noche tibia nazarí. Quién sabe. Lo cierto es que Ramón Ruiz eligió el lado del dolor, ese dolor que todavía está pendiente de exhumar en todos los rincones de España. Por eso es una buena noticia que la familia de García Lorca haya aceptado que se busquen sus restos. Su muerte se ha convertido en el símbolo de todas las muertes inútiles de esa guerra, de todas las guerras. Pero, quizá por ello, a Lorca se le debería buscar cuando concluyese todo este encomiable proceso iniciado por la Asociación para la recuperación de la memoria histórica, cuando todas las cunetas, barrancos, sombras de tapia y tumbas sin nombre hayan sido removidos para entregar a las familias la paz que durante tanto tiempo se les ha negado. Quizá a Lorca, sí, se le debería enterrar en último lugar, para cerrar con él, de una vez por todas, este largo proceso de superación que comenzó hace más de treinta años, cuando la losa de dos toneladas cayó sobre el Valle de los Caídos y con ella todos los Ruiz Alonso iniciaron su particular travesía del desierto –no de Las Vegas, precisamente-, su demorada diáspora de sí mismos. Otra losa caerá en Granada, sin duda más ligera, pero mucho más grande y digna como símbolo. Y todo, por fin, habrá concluido.
Escrito por Álvaro Otero
a las 11:7 |
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Lucía una hermosa mañana de junio de 1990 cuando el vuelo 5390 de British Airways, con 81 pasajeros a bordo, despegó de Birmingham rumbo a Málaga. Todo hacía presagiar un agradable viaje, pero apenas trece minutos después, a cinco mil metros de altitud sobre la campiña de Oxfordshire, el parabrisas izquierdo del avión saltó por los aires. La repentina descompresión succionó al piloto, Tim Lancaster, cuyos pies se engancharon en la palanca de mando y la empujaron hacia delante, haciendo caer en picado a la aeronave. La puerta de acceso a la cabina de los pilotos reventó y se estampó contra las consolas de navegación, bloqueando la alimentación de los motores y acelerando aún más el vertiginoso descenso, mientras todos los papeles y pequeños objetos, desde el último asiento, volaban hacia aquel punto concreto como si allí se hubiese puesto en funcionamiento una gigantesca aspiradora. El auxiliar de vuelo Nigel Ogden agarró al piloto por el cinturón y logró desenganchar sus pies de la palanca, mientras todo el resto de su cuerpo yacía aplastado contra el fuselaje por la fuerza de un gélido viento aparente provocado por los 800 km/h. de velocidad. En medio de semejante caos, el copiloto, Alastair Atchison, tuvo la pericia y la sangre fría necesarias para llevar a cabo un aterrizaje de emergencia en Southhampton, salvando la vida de todos sus pasajeros e incluso, milagrosamente, de Lancaster, que logró recuperarse de sus magulladuras y una severa hipotermia. Este suceso forma parte de la serie documental Mayday: catástrofes aéreas, donde National Geographic, haciendo gala una vez más de la excepcional calidad de sus trabajos, analiza accidentes parecidos –algunos, tristemente, con peor final- y recrea la minuciosa investigación posterior a la que fueron y son sometidos, y que ha hecho del aéreo el sistema de transporte más seguro del mundo. Mayday revela también algo esencial: que la verdad siempre se toma su tiempo, y que su peor enemigo es la presión mediática. Las más trágicas catástrofes aéreas, desde los Rodeos hasta la del vuelo 111 de Swissair, que se desintegró al caer al mar cerca de Halifax, necesitaron siempre de un mínimo sosiego en los largos meses necesarios para identificar las causas. Algo que aquí, hoy, donde se ha pasado sin transición del pretendido silencio administrativo del Yakovlev 42 a la pornografía informativa sobre el vuelo 5022 de Spanair, parece una quimera. La incapacidad de contención de algunos medios frente a la lucha por la primicia se está volviendo peligrosa. Esperemos, a su pesar, que en medio de este triste espectáculo la labor de los técnicos se imponga, y que sus conclusiones sirvan para que volemos a partir de ahora un poco más seguros. Es dudoso que mejor informados, pero sin duda más seguros. A pesar de esta hambruna de lobos, al menos así la muerte de tantas personas no habrá sido en vano.
Escrito por Álvaro Otero
a las 10:8 |
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El sueño del Che |
11/09/2008 |
Hay pocos ejemplos, en la historia moderna,
de tan feroz mitomanía como la que le ha caído en suerte a la figura de Ernesto
Che Guevara. Pocos muertos cuya leyenda sea tan diferente de lo que sabemos
sobre su vida real. En Sierra Maestra nada sustancial aportó que no lo hicieran
muchos otros de nombre hoy olvidado, pero sus andanzas en el monte se cantan
como poemas del Mío Che; de su etapa como ministro revolucionario nos queda el
corpus de las fotos en la cumbre de su sex
appeal, con el habano y la melena al viento, pero también la mediocridad de
su gestión. De su final como guerrillero famélico, vagando sin rumbo por las
selvas bolivianas, persiguiendo el sueño quijotesco de encender una revolución
latinoamericana que sólo existía en su cabeza, nos queda la dignidad de su
cadáver, acaso el más hermoso que uno pueda imaginar. Todo lo demás es un mito
muy pop y serigráfico, un mito al que se han aferrado varias generaciones para
seguir soñando con la idea, ay, de un mundo más justo. Lo triste de todo esto
es que, a la postre, lo que fue quizá su aportación más sustancial, esto es, su
capacidad de renunciar a los placeres de la nomenclatura caribeña para distanciarse
de un Fidel que ya apuntaba maneras, ha quedado empequeñecida y fagocitada por
el cúmulo de leyendas oficialista que el comandante y compañía, como abuelos
aburridos, cuentan una y otra vez desde hace cincuenta años. Y ahora, por si
fuéramos pocos, parió Hollywood. Y cuando entra Hollywood, con su poderosa
capacidad de crear cine, incluso gran cine sobre grandes simplicidades y
mentiras históricas, ya todo está perdido. Estoy pensando en ir a ver la
película de Soderbergh con un oficial de la mercante cubano que conocí este
verano. Va para los sesenta años, tiene ya nietos y pasa campañas de seis meses
fuera de Cuba. La naviera española en la que trabaja tiene que pagarle
obligatoriamente casi 1000 euros, de los 1700 de su salario mensual, a través
de una agencia estatal cubana de colocación que los engulle en su totalidad. Bueno,
en su totalidad no: a veces, allá en Cuba, su esposa logra cobrar en pesos
cubanos el equivalente a unos tres euros por mes. Y eso, cuando hay dinero en
caja. Ya va algo cansado, pero ante semejante tesitura, estos días, mientras se
prepara su nuevo barco, vive en una pensión, en cuya habitación, para ahorrar,
se hace su comida y se lava su ropa. Esa es la prosaica realidad en la que ha
quedado convertido el sueño romántico del Che, que quizá se echó al monte para
huir de ella, para seguir viviendo en la esperanza. Quizá, pero ya nada
importa. Hollywood, ahora, tiene la verdad y la palabra.
Escrito por Álvaro Otero
a las 12:36 |
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Álvaro Otero
Álvaro Otero nació en Bueu (Pontevedra) en 1967. Periodista y escritor, sus artículos y reportajes aparecen regularmente en distintos medios regionales y nacionales. En 1995 publicó la novela corta Waelrad (editorial Nigra), y dos años después Mambrúes a la Guerra (Edicións Xerais). En el año 2000 recibió el premio Nostromo por su novela Días de Agua (Editorial Juventud), y en 2006 apareció su tercera novela, De mar y de muerte (Ellago Ediciones). Reside en la actualidad en Vigo.
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LO
QUE LEO:
La Mansión. William Faulkner. "La Mansión" contiene, a mi modo de ver, todas las virtudes y defectos de este escritor. A ratos intensa, a ratos descuidada, a ratos oscura, a ratos farragosa pero siempre con ese punto fascinante y extraño que crea una suerte de adicción. Un duro hueso que no puedes dejar de roer. A veces, mientras leo a Faulkner, me convenzo de que hoy en día, en estos tiempos de levedad, jamás habría sido aceptado por las editoriales. .
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ESCUCHANDO:
Shostakovich. Jazz and Ballet Suites. Film Music. Creo que ya hable aquí alguna vez del sello Brilliant, una verdadera gozada de relación/calidad precio. Disfruto estos días de un triple CD de Shostakovich con sus "Jazz Suites" y su música para cine y ballet. Todo por poco más de 11 euros. Así, con esa filosofía, se combate la piratería.
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